No hace falta inventar, hay mucha belleza creativa puesta en escena a lo largo de la historia, en especial de nuestra historia. Quizás baste con recuperar nuestro camino, quizás desandarlo, o agregarle un nuevo pasaje.
A esta gente muerta en vida recordarles que hay un mundo entero allí afuera, una diversidad de paisajes admirable que nos pretenden robar gente que se encierra en una cabaña en el medio de la naturaleza para no disfrutarla ni permitirnos disfrutarla al resto que sí sabemos hacerlo.
Gente quemada, viciada, rota que no sabe encontrar refugio en los remansos de un río una cálida tarde de verano, de aspirar el aire fresco matutino, el azote del viento o los aromas de las flores, de las aromáticas y la somnolienta vaguedad a la hora de la siesta. No ha calado hondo en ellas una fría mañana pampeana, o un atardecer memorable en los riscos de una playa. Ni qué decir de lo que significa, tras horas penosas para nuestras piernas cansadas de larga caminata, de senderos trepidantes y sinuosos cañadones, de brazos lacerados por las ramas y espinos, disfrutar la cima de un cerro una tarde diáfana, oteando el horizonte aguzando la vista para distinguir ríos y lagos o simplemente avisorar el camino recorrido, el mismo que emprenderas nuevamente más tarde.
Valoro haber vivido esto y mucho más, que en sí no cabe en mí más goce, aunque un detalle sutil suele escaparse. Nada de esto sería escrito si no hubiera sido por tanto rato absorto en un cuento, una historieta, una novela. Que no hay mejores maestros que las propias lecturas. Qué pena me da se esté perdiendo esa hermosa locura de pasarse tardes imaginando historias escritas por otros que nunca conoceré más que por sus palabras.
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